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lunes, 3 de abril de 2017

Ella es así (Jorge Leonidas Escudero)

de Oro nestas piedras, Escudero y su hermana.


Mi hermana Margarita es en extremo
cuidadosa,
anda mirando el suelo no sea
que inadvertidamente pise una hormiga.
Ciertos monjes de no sé dónde
caminan así
pero mi hermana lo hace por naturaleza.

Cuida la vida más allá de ella y suele
hablar bajito si un grillo namorado
canta en el jardín.
Y cuando va al campo trae alguna piedrita
que gracias yo encantado es hermosa digo.

Ahora quel tiempo se nos viene ciático,
cabizbajo y olvidadizo,
ayer salimos a la puerta de calle cuando
mirá mirá –dijo mi hermana- qué alegría,
los paraísos están floreciendo.
Ella es así.

Aguas (Guillermina Weil)

                                        foto: Guillermina Weil

Se amaron bajo vientos
bajo soles bajo escarchas
bajo mantos
de hojas secas

se amaron así
con el corazón apretado

el reflejo de eso
esta ahí, en el agua como
un fuego que refulge cada vez
que cruza el Paraná

para que nadie
lo olvide

Familia (Malena)





Somos él y yo
(mucho más que dos)
nuestros hijos
nuestros nietos

callamos los dolores que trae la vejez

sin olvidarnos
nuestras alegrías
nuestras experiencias

no saben que somos
todos juntos
uno solo
frente a los días de adversidad
y también
en los días felices

Ciclo (Sandra Tomaselli)


                                                                                      abril 2016 / marisa negri





Pasará el invierno
y todos los pájaros
volarán

estaré esperando
y toda la lluvia
regará mi huerta

vendrás
en la primavera
como el perfume
de las flores

único
para otra vez
perderte
en la distancia

Lo inescrutable (Jorge Leonidas Escudero)

Escudero en el patio de su casa / 2010 (foto: Marisa Negri)



Si usted toma la punta de un conocimiento
y empieza a tirar el hilo
va a sacar una sombra.

Es tremendo y espanta,
porque si todo está unido a todo
uno piensa extraer un pez gordo
y termina vencido con la boca gusto a nada.

Mi caso es el de siempre, siempre el mismo.
Ya no puedo callar y más tranquilo
vivir sino que indago e inmerecidamente
caigo en la oscuridad.

Tras el fuego sagrado a si pellizco
me levanto alta noche y sigiloso
pongo la caña de pescar en vano.

Sin embargo insisto.

Oro nestas piedras Documental sobre Jorge Leonidas Escudero



Oro nestas piedras es un documental sobre el poeta sanjuanino Jorge Leonidas Escudero. Su voz -hablando y leyendo- es el hilo que reúne la experiencia como buscador de oro en las montañas sanjuaninas, el entusiasmo por los juegos de azar, la poesía, la naturaleza. El jugador pierde, sin embargo insiste. Quedan los poemas, la amistad y el humor, la celebración de la palabra hablada.

Directores: Cristián Costantini, Leandro Listorti, Claudia Prado
Entrevistas: Cristián Costantini, Leandro Listorti, Claudia Prado, Leticia El Halli Obeid
Cámara: Leandro Listorti, Leticia El Halli Obeid
Edición: Cristián Costantini, Leandro Listorti, Claudia Prado
Sonido: Luciano Fusseti
Música: Santiago Arias, Andrés Hayes, Tomás Lebrero, Jano Seitún
Diseño: Julieta Rocco

blog: www.oronestaspiedras.blogspot.com

viernes, 24 de marzo de 2017

Los patios del tigre (Miguel Ángel Bustos)






El tigre, aquel espejo del
odio y el espanto.
von Jöcker, siglo XVIII

Fueron siempre los pájaros los que anduvieron en los patios de mi infancia.
A la claridad del canario se sumó el gritito entrecortado del calafate, el vuelo diminuto de los bengalíes. Algún mono hubo, pero fue efímero.
Agregaba mi abuelo a la magia reinante sus oros de Gran Maestro. Sus libros que, de a poco, fueron siendo mis pájaros.
Un tío viajó y en una gran jaula trajo un tigre. Lo aseguraron a una cadena y esperaron que lo viera.
Su garganta me llamó; aparecí.
El espanto y la maravilla me helaron.
Desde ese día los patios dejaron de ser tales. Fueron selvas de mármol y mosaicos gastados en donde el terror habitaba.
Era feliz. Tocaba el misterio a diario y no desaparecía. Me acostumbré ávidamente a lo extraño. Cuando alguien ordenó su encierro en el Zoológico, lloré.
Entonces comenzaron mis fugaces visitas; temblaba cerca de su jaula. Su rugido era música tristísima para mí. Le imploraba a su memoria de fiera el recuerdo.
El día en que me fui a despedir de él para siempre me olió, detuvo su andar en círculos. Una sombra humana le cruzó la mirada. Intenté tocarlo. El griterío prudente me clavó en el piso.
Pensé un adiós, suavemente me marché. Más tarde supe de su muerte. Su carne fantástica se juntó en el polvo a otras carnes.
He crecido. Guardo de mi infancia sus huesos en mi alma, los libros en mi sangre.
Pero cuando llegue el fin y me miren los ojos que aún no he visto, pienso que será el tigre incierto de la locura el que me lleve tanteando a la nada, aquel tigre de titubeo y delirio del suicidio que en su boca me ahogará clamando.
O tal vez mi viejo tigre, rayado por la piedad, quiera devorarme como a un niño.

En el río de Heráclito (Wislawa Szymborska)






En el río de Heráclito
el pez pesca al pez,
el pez corta el pez con el filo de un pez,
el pez construye un pez, el pez vive en el pez,
el pez escapa del sitiado pez.

En el río de Heráclito
el pez ama al pez,
tus ojos —le dice— resplandecen como peces en el cielo,
quiero nadar hacia un mar compartido,
contigo, la más bella del cardumen.

En el río de Heráclito
el pez inventa al pez de peces,
el pez se arrodilla ante el pez, el pez canta al pez,
le pide al pez un nadar más ligero.

En el río de Heráclito
yo, pez claro, pez distinto
(aunque sea del pez árbol, del pez piedra)
escribo por momentos pececillos
sobre escamas plateadas y por tan corto tiempo
que, tal vez por eso, parpadea en su turbación la oscuridad.

Un gaucho (Juan José Morosoli)


Juan José Morosoli



Montes llegó a la pulpería de Anchorena en su propia carreta.
Tendría poco más de veinte años. Era fuerte, buen mozo, callado y guapo.
Se acercó a la reja y le dijo al pulpero:
-Sé que murió su carrero viejo y vengo por si me precisa.
Anchorena, con su gran franqueza de vasco, le preguntó:
-¿De dónde sos?
-De Puntas de Pan de Azúcar.
-¿Y en tu pago no tenían trabajo?
-Mi pago es donde yo ando -le contestó Montes.
El vasco le dio trabajo pero se quedó pensando: "¿Por qué un viaje tan largo, de vacío, para solicitar trabajo? Cambiaban de pago los contrabandistas. Los domadores. ¡Pero los carreros"!.. .
Al fin dejó que el tiempo le contestara las preguntas.
Después se convenció que Montes había cambiado de pago porque sí. Y que cualquier día levantaba el poncho otra vez. Era un buen carrero, pero no tenía alma de carrero.
Estuvo allí poco más de un año. Hasta el día en que Martina dio a luz una niña. Martina era la peona de la casa. Cocinaba, lavaba y ordenaba la pieza del dueño, que era cincuentón y soltero. Atendía, además, la mesa del almacén cuando llegaba algún viajero. Allí solían parar "corredores" de comercio o "cuarteadores" de contrabandistas, que venían a vender parte de la carga de sus compañeros.
Una mujer así puede tener un hijo y el hijo ser de ella nada más.
Al irse, Montes, le dio paternidad a la hija de Martina.
Mucho tiempo después se supo que estaba en el Chuy, allí cerca del almacén del turco Gómez. Morales encontró la carreta. Llegó al negocio y preguntó por Montes.
-Trabajaba aquí -contestó el turco-. Un día dejó la carreta, cruzó la frontera y no vino más.
-¿No será muerto?, -interrogó Morales.
-Tal vez esté de contrabandista... Pero no aquí... Mucho más arriba...
Estaba en Piedras Negras, diez o doce leguas más arriba del desagüe del Chuy, tras la frontera. Con rancho y mujer.
Allí tuvo querencia tres o cuatro años. Rico un mes, pobre dos. Hacía vida con la Bayana Paula, que no le aflojaba en nada. Era una vida brutalmente linda o extremadamente peligrosa, sin término medio.
Cuando Montes realizaba tres o cuatro "pasadas" de contrabando, por cuenta de otros que no querían exponer la vida, volvía al rancho, platudo y ansioso de caricias. La Bayana lo acechaba más que lo esperaba. Ardían los dos como dos brasas. Eran amores como fiebres con pausas de caña, buena mesa y siestas que terminaban a boca de noche.
Cuando él empezaba a faltar del rancho buscando "pasadas", la mujer, que era celosa, barullenta y boca sucia, comenzaba a exasperarse.
Montes le contestaba con el silencio hasta que la mujer se hacía insoportable. Entonces le daba una buena "untada de lomo" y partía.
Ella soportaba la soledad tremenda del lugar hasta que él volvía.
Era entonces una fruta de piel tirante y ardiente que se deshacía en mieles.
Una noche apareció el caballo de Montes ensillado frente al rancho.
Ella no supo más de él.

Ocho o diez años después, el negro Beracochea, que subió hasta Aceguá con una tropa, trajo noticias suyas. Lo había encontrado de mercachifle de frontera, en un carro de cuatro ruedas.
-¡Güé! -lo paró el negro-. ¡Contesta si sos Montes!
-El mismo -dijo él.
El negro recostó el caballo al carro.
-¿Me conoces? -preguntó.
-De Los Tapes. ¿Beracochea?
-¡Pues! ¿Y qué es de mi vida?
-Bien. ¿Y la gente? ¿Don Anchorena?
Preguntaba como si fuera ayer que hubiera dejado el pago.
-Bien. Todos bien. ¡Grande la muchacha!... Se anda por casar.
Pareció recordar Montes.
-¿La de Martina?
-¡Claro!
-¡Mira!
La tropa se iba lentamente camino adelante. Montes y el negro se habían quedado sin tema. El negro no se atrevía a preguntar más y Montes no necesitaba hacer preguntas nuevas. Nunca necesitaba hacer preguntas. Montes.
-Los guampudos no esperan -dijo Beracochea terminando-. ¿Nos veremos después? -agregó.
-En el camino estamos -contestó Montes.
Y cada cual siguió su rumbo.
Tal vez hubieran pasado seis u ocho años del encuentro con Beracochea, cuando Anchorena fue a Melo con unos lanares finos para una exposición.
Bajó frente a la enramada de una pulpería, a fresquear un rato, cuando llegó Montes.
Manejaba un carricoche con un cajón atrás. A su lado venía otro hombre. Era un gallego que vendía vírgenes y santos, oraciones para curar las picaduras de víboras y libros de versos criollos.
Anchorena le saludó con alegría ruidosa.
-¿Anda bien? -le preguntó.
-¿Bien? -señaló al gallego y agregó:
-¿No ve que ando llevando este hombre vendiendo santos?
Era una respuesta con espinas y fastidio. Anchorena lo invitó a tomar algo y se acercaron a la reja.
Después el vasco sacó unos pesos y se los ofreció.
-Tome Montes... A mí me sobran y usté los precisa.
-Gracias -rechazó-. No lo voy a ver más pa devolvérselos.
El vasco insistió un poco pero comprendió que era inútil.
-¿Dónde vive. Montes?
-En todos lados. . . ¡Qué v'hacer!...
El vasco se despidió y partió.
Montes ni se movió de la reja donde estaba como preso del camino, empujado hasta allí por el camino, mirando hacia adentro del negocio, como si mirara una tierra tendida hacia el horizonte.
En la pulpería de Bentos en la franja fronteriza, se realizaban unas carreras. Hasta el otro día en que enfrenaran, la gente hacía tiempo jugando al monte. Casi a oscuras, en un galponcito de guardar pelegos y cajones, ocho o diez viejos despuntaban el vicio en jugadas de a real. Entre ellos estaba Montes.
Un negro viejo medio borracho negó una jugada.
Montes se levantó, se acercó al hombre y lo tomó del pañuelo del cuello.
-¡Si no tenes plata anda pa afuera!
El negro sacó un cuchillo y se lo sepultó en el vientre.
Ahora que estaba frío se veía la vejez y la pobreza de Montes.
Calzaba alpargatas, con la lona cosida con tientos en la suela deshecha. Vestía una bombacha brasilera mal zurcida y llena de remiendos. Una camisa vieja y sucia le mal cubría el pecho donde tiritaba la pelambre gris, como hilos de ceniza. La barba subía hasta las sienes hundidas de golpe. La boca chupada hacia adentro, hacía saltar la nariz de filo helado.
Mientras la gente gritaba sus apuestas en la pista de Borges, cuatro o cinco viejos conducían el cajón hacia el camposanto.
Contra camino galopaba un hombre.
Alcanzó el cortejo. Era buen mozo. Venía bien montado. Tenía buena ropa.
-¿Montes? -preguntó.
-Sí. Él.
Uno de los viejos se agachó, tomó un terrón y lo arrojó sobre el cajón de madera limpia.
El mozo lo imitó.
El que había arrojado el primer terrón se incorporó y preguntó:
-¿Usted lo conocía?
-No -dijo el mozo- pero no está lejos que fuera mi padre...

J. J. Morosoli
Tierra y tiempo - Cuentos
Lectores de la Banda Oriental

Montevideo, noviembre de 1982

Taller de lectura y escritura en Nautilus


Comenzó hoy en Nautilus el taller de lectura y escritura anual de la Biblioteca Genoveva.
Sandra, Gladys, Guillermina y Ángel se sumaron a la propuesta con entusiasmo y cuadernos nuevos.
Desde el Felicaria llegaron Angel y Guille que pasaron a buscar a Gladys, vecina del Estudiante.
Enseguida llegó Sandra en su kayak desde el Paycarabí y se armó el taller!


Lecturas:

La rezadora (Juan José Morosoli)
Un  gaucho (Juan José Morosoli)
En el río de Heráclito (Wislawa Szymborska)
Los patios del tigre (Miguel Ángel Bustos)

Luego escribimos, leímos y comentamos todas las producciones.
Próximo encuentro: lunes 3 de abril a las 17hs. El taller está en marcha.