Un gaucho (Juan José Morosoli)


Juan José Morosoli



Montes llegó a la pulpería de Anchorena en su propia carreta.
Tendría poco más de veinte años. Era fuerte, buen mozo, callado y guapo.
Se acercó a la reja y le dijo al pulpero:
-Sé que murió su carrero viejo y vengo por si me precisa.
Anchorena, con su gran franqueza de vasco, le preguntó:
-¿De dónde sos?
-De Puntas de Pan de Azúcar.
-¿Y en tu pago no tenían trabajo?
-Mi pago es donde yo ando -le contestó Montes.
El vasco le dio trabajo pero se quedó pensando: "¿Por qué un viaje tan largo, de vacío, para solicitar trabajo? Cambiaban de pago los contrabandistas. Los domadores. ¡Pero los carreros"!.. .
Al fin dejó que el tiempo le contestara las preguntas.
Después se convenció que Montes había cambiado de pago porque sí. Y que cualquier día levantaba el poncho otra vez. Era un buen carrero, pero no tenía alma de carrero.
Estuvo allí poco más de un año. Hasta el día en que Martina dio a luz una niña. Martina era la peona de la casa. Cocinaba, lavaba y ordenaba la pieza del dueño, que era cincuentón y soltero. Atendía, además, la mesa del almacén cuando llegaba algún viajero. Allí solían parar "corredores" de comercio o "cuarteadores" de contrabandistas, que venían a vender parte de la carga de sus compañeros.
Una mujer así puede tener un hijo y el hijo ser de ella nada más.
Al irse, Montes, le dio paternidad a la hija de Martina.
Mucho tiempo después se supo que estaba en el Chuy, allí cerca del almacén del turco Gómez. Morales encontró la carreta. Llegó al negocio y preguntó por Montes.
-Trabajaba aquí -contestó el turco-. Un día dejó la carreta, cruzó la frontera y no vino más.
-¿No será muerto?, -interrogó Morales.
-Tal vez esté de contrabandista... Pero no aquí... Mucho más arriba...
Estaba en Piedras Negras, diez o doce leguas más arriba del desagüe del Chuy, tras la frontera. Con rancho y mujer.
Allí tuvo querencia tres o cuatro años. Rico un mes, pobre dos. Hacía vida con la Bayana Paula, que no le aflojaba en nada. Era una vida brutalmente linda o extremadamente peligrosa, sin término medio.
Cuando Montes realizaba tres o cuatro "pasadas" de contrabando, por cuenta de otros que no querían exponer la vida, volvía al rancho, platudo y ansioso de caricias. La Bayana lo acechaba más que lo esperaba. Ardían los dos como dos brasas. Eran amores como fiebres con pausas de caña, buena mesa y siestas que terminaban a boca de noche.
Cuando él empezaba a faltar del rancho buscando "pasadas", la mujer, que era celosa, barullenta y boca sucia, comenzaba a exasperarse.
Montes le contestaba con el silencio hasta que la mujer se hacía insoportable. Entonces le daba una buena "untada de lomo" y partía.
Ella soportaba la soledad tremenda del lugar hasta que él volvía.
Era entonces una fruta de piel tirante y ardiente que se deshacía en mieles.
Una noche apareció el caballo de Montes ensillado frente al rancho.
Ella no supo más de él.

Ocho o diez años después, el negro Beracochea, que subió hasta Aceguá con una tropa, trajo noticias suyas. Lo había encontrado de mercachifle de frontera, en un carro de cuatro ruedas.
-¡Güé! -lo paró el negro-. ¡Contesta si sos Montes!
-El mismo -dijo él.
El negro recostó el caballo al carro.
-¿Me conoces? -preguntó.
-De Los Tapes. ¿Beracochea?
-¡Pues! ¿Y qué es de mi vida?
-Bien. ¿Y la gente? ¿Don Anchorena?
Preguntaba como si fuera ayer que hubiera dejado el pago.
-Bien. Todos bien. ¡Grande la muchacha!... Se anda por casar.
Pareció recordar Montes.
-¿La de Martina?
-¡Claro!
-¡Mira!
La tropa se iba lentamente camino adelante. Montes y el negro se habían quedado sin tema. El negro no se atrevía a preguntar más y Montes no necesitaba hacer preguntas nuevas. Nunca necesitaba hacer preguntas. Montes.
-Los guampudos no esperan -dijo Beracochea terminando-. ¿Nos veremos después? -agregó.
-En el camino estamos -contestó Montes.
Y cada cual siguió su rumbo.
Tal vez hubieran pasado seis u ocho años del encuentro con Beracochea, cuando Anchorena fue a Melo con unos lanares finos para una exposición.
Bajó frente a la enramada de una pulpería, a fresquear un rato, cuando llegó Montes.
Manejaba un carricoche con un cajón atrás. A su lado venía otro hombre. Era un gallego que vendía vírgenes y santos, oraciones para curar las picaduras de víboras y libros de versos criollos.
Anchorena le saludó con alegría ruidosa.
-¿Anda bien? -le preguntó.
-¿Bien? -señaló al gallego y agregó:
-¿No ve que ando llevando este hombre vendiendo santos?
Era una respuesta con espinas y fastidio. Anchorena lo invitó a tomar algo y se acercaron a la reja.
Después el vasco sacó unos pesos y se los ofreció.
-Tome Montes... A mí me sobran y usté los precisa.
-Gracias -rechazó-. No lo voy a ver más pa devolvérselos.
El vasco insistió un poco pero comprendió que era inútil.
-¿Dónde vive. Montes?
-En todos lados. . . ¡Qué v'hacer!...
El vasco se despidió y partió.
Montes ni se movió de la reja donde estaba como preso del camino, empujado hasta allí por el camino, mirando hacia adentro del negocio, como si mirara una tierra tendida hacia el horizonte.
En la pulpería de Bentos en la franja fronteriza, se realizaban unas carreras. Hasta el otro día en que enfrenaran, la gente hacía tiempo jugando al monte. Casi a oscuras, en un galponcito de guardar pelegos y cajones, ocho o diez viejos despuntaban el vicio en jugadas de a real. Entre ellos estaba Montes.
Un negro viejo medio borracho negó una jugada.
Montes se levantó, se acercó al hombre y lo tomó del pañuelo del cuello.
-¡Si no tenes plata anda pa afuera!
El negro sacó un cuchillo y se lo sepultó en el vientre.
Ahora que estaba frío se veía la vejez y la pobreza de Montes.
Calzaba alpargatas, con la lona cosida con tientos en la suela deshecha. Vestía una bombacha brasilera mal zurcida y llena de remiendos. Una camisa vieja y sucia le mal cubría el pecho donde tiritaba la pelambre gris, como hilos de ceniza. La barba subía hasta las sienes hundidas de golpe. La boca chupada hacia adentro, hacía saltar la nariz de filo helado.
Mientras la gente gritaba sus apuestas en la pista de Borges, cuatro o cinco viejos conducían el cajón hacia el camposanto.
Contra camino galopaba un hombre.
Alcanzó el cortejo. Era buen mozo. Venía bien montado. Tenía buena ropa.
-¿Montes? -preguntó.
-Sí. Él.
Uno de los viejos se agachó, tomó un terrón y lo arrojó sobre el cajón de madera limpia.
El mozo lo imitó.
El que había arrojado el primer terrón se incorporó y preguntó:
-¿Usted lo conocía?
-No -dijo el mozo- pero no está lejos que fuera mi padre...

J. J. Morosoli
Tierra y tiempo - Cuentos
Lectores de la Banda Oriental

Montevideo, noviembre de 1982

Comentarios